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Independencia, deuda pendiente

13.06.2016 15:02  |  Por Lic. Adrián Alonso

Faltan pocos días para la celebración del Bicentenario de la declaración de la Independencia Argentina.

Y aunque extrañamente no se perciba el clima de fiesta que tamaño acontecimiento merece, se cumplen 200 años de una decisión trascendental, no solo para la historia de nuestro joven país, sino también para la humanidad.

Intensa fue para ello la labor de los congresales. Intensos también fueron los debates y las determinaciones tomadas a luz de intereses comunes algunas veces y contrapuestos otras.

Pero fue la búsqueda del bien común lo que primó en una región en que, restituido el Rey Fernando VII en su cargo, se corría el riesgo de volver a ser colonia de los realistas.

No fue fácil ponerse de acuerdo. Menos entre líderes fuertes que trabajaron en Tucumán desde el 24 de marzo hasta el 21 de Julio de 1816 como lo fueron San Martín, Manuel Belgrano, Francisco Narciso Laprida que gobernaba el congreso al momento de la declaración, o Fray Justo Santamaría de Oro, fiel defensor del modelo democrático.

Pero vuelvo a repetir, primó la pasión por la libertad, la coherencia y el interés por el bien común de la naciente nación, nuestra nación.

Por eso permítame preguntarme: ¿hemos perdido esa pasión por la libertad, la coherencia y el interés por el bien común?, o, ¿solo perdimos el entusiasmo por festejar nuestro cumpleaños número 200?. Ojalá sea la segunda opción.

El 9 de julio de 1816 hubo que tomar una decisión. Según la Real Academia Española, la palabra decisión  viene del latín decisĭo y tiene una doble acepción:

Por un lado la decisión es una determinación o resolución que se toma sobre una determinada cosa. Generalmente supone un comienzo o poner fin a una situación e impone un cambio de estado.
Pero también significa firmeza de carácter.

Qué curioso, como Nación en general y como sector agroindustrial en particular parece que nos falta decisión, es decir, determinación para resolver los problemas y firmeza de carácter para mantenernos en nuestras convicciones, ideales y visión de nuestro futuro.

En síntesis, el presente nos exige declarar la independencia, sí, pero de nosotros mismos, de nuestras propias faltas y pecados de intolerancias, de celos, envidias y del temor más grande, el de ser una nación exitosa como la que nos merecemos.

¿Para pensarlo?, o ¿No?

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